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lunes, 26 de julio de 2010


—La segunda forma de hacer esto es similar a la primera, pero en esta la sucesión en que se dan los eventos cobra mayor relevancia. En la primera técnica tú hilaste de manera libre una serie de elementos, les asignaste un significado y les diste cierta coherencia con una historia. Esta vez, la sucesión en que vas descubriendo los elementos del paisaje, a través de una caminata, se debe de respetar para que te den la secuencia de eventos. Para esto, está implícita la actividad de caminar por el paisaje y estar alerta a lo que se te presenta mientras lo recorres.

—Esto es similar a cierta ejercicio de nemotecnia en donde uno trata de memorizar todo lo existente entre el punto A y B de un recorrido que nos sea familiar y cotidiano, para posteriormente asociar a cada elemento ya aprendido alguna idea o concepto nuevo que se quiera memorizar. Sabiendo ya de antemano cual es la secuencia de elementos entre A y B, por semejanza también nos acordaremos de las cosas asociadas a ellos, incluyendo el orden en que se dan.

—La intención en este caso no es utilizarlo como una herramienta para memorizar. Es para entender como está compuesto el paisaje que caminas y, más importante aún, estrechar un vínculo íntimo con el mismo como la técnica anterior, desentrañando significados y relacionarlos a través de la elaboración de una historia.

—Si hay un camino trazado en el paisaje, es más fácil hacer la historia, de alguna manera tus pasos son dirigidos.

—Quizá quien trazó el camino que tú dices lo hizo con toda la intención de que experimentes ciertos elementos particulares: rozar un árbol, enmarcar alguna vista o ponerte de frente a una roca.

— ¿Qué pasa cuando no hay camino?

—Recorres el paisaje atento. Te das cuenta que un giro en el caminar implica un cambio en la historia, y al no haber camino, si sacas historia hasta de los más mínimos detalles, descubrirás que la misma historia ya no se vuelve a repetir.

—Un número infinito de historias posibles.

—Sí, pero ¿sabes?, llegarías a tener un grado de familiaridad tan inmenso con el sitio que no te lo puedes imaginar. Le dedicas tanto esfuerzo a él que le dejas algo de ti, y al verte reflejado en la naturaleza es una retribución maravillosa.

Una cuidadosa lectura del espacio (2da parte)

domingo, 25 de julio de 2010

—Aquí hay mucho de qué hablar—y señaló con su mano extendida al paisaje natural que teníamos enfrente.
—Claro, toda esta gran superficie es muy vasta, enmarcada por los cerros y…
—No, no. La forma en que me vas a decir sobre lo que vemos no van a ser con tus palabras de este momento. Me lo vas a decir a través del producto del esfuerzo que hagas en concentrarte en él. De ahí sí pueden salir cosas de valor. Las mejores cosas se expresan de otro modo. Aunque igual y se usen palabras al final, estas vienen con otro sentido, otra intención. Son tan diferentes que cuando alguien las escucha no sabe exactamente a que se refieren o cual fue su origen, pero siente que se dice algo de profundidad.
—Como una poesía o una leyenda.
—Algo así, algo así.

Como muchas de las ocasiones, estábamos los dos solos. Estaba pasando por una etapa en que me era dificil iniciar un proyecto arquitectónico encomendado. Habia visitado el lugar con anterioridad pero a pesar de su bella naturalidad no encontraba el punto de arranque el cual pudiera motivarme a empezar a diseñar.—Te voy a ayudar —me habia dicho temprano en la mañana—, voy a platicarte de unas maneras que pueden sacarte de esto. Te digo como, pero depende de ti como lo aplicas.

Luego de un rato de caminar, llegamos al lugar.
—Hay tres maneras en que puedes hacer esto —prosiguió—, y toma en cuenta que el valor de cualquiera de ellos es la intención que aplicas, no el resultado final.
Ya me había platicado antes sobre la forma de compenetrarnos con los espacios naturales, de leerlos con intención, pero no habia detallado la forma de hacerlo.
—La primera manera es inventar una historia con los elementos que componen lo observado. Primero, has un inventario mental de lo que puedas percibir: arboles, cerros, nubes. Realiza un verdadero esfuerzo de desentrañar el último de los detalles: texturas, colores, olores, sonidos, formas, todo. Que no se te escape nada. Segundo, y con toda la libertad de tu imaginación, asigna un atributo que represente a cada cosa observada. Lo asignado debe de representar su esencia, que la evoque. Obsérvala con toda tu atención y deja que te sugiera algo —hizo énfasis con sus manos—. Ya por último, debes de relacionar todos los atributos que descubriste y asignaste en la forma de una historia o mito.
—Hay muchas posibilidades así de hacer una historia.
—Exacto, pero no te preocupes tanto por la historia sino el asignar el atributo más acertado de cada cosa que observas. Es en ese ejercicio de intensa concentración y de develar que sugiere cada objeto en donde tienes que empeñarte —y prosiguió con un ejemplo—. ¿Ves aquel cerro? A él le voy a dar un atributo de un gigante, ¿el árbol de allá? Tiene una copa muy amplia y frondosa, protectora del sol, voy a pensar que es una madre muy cuidadosa de quien se acerque a ella, ¿el polvo suelto y amarillo bajo nuestros pies? Puede ser harina, ¿las nubes bajas? Seres que están destinados a volar eternamente, que por más que quieran bajar, no pueden. Todos estos atributos no los pensé al azar, sino que primero los observo en silencio y dejo que se forme una impresión de algo que se le parezca.
Al tiempo que explicaba trataba de hacer sus indicaciones buscando en el paisaje, analizándolo, descubriendo sus componentes.
—Ya con todo esto, ¿Qué historia se te ocurre hacer con una madre muy amorosa, un gigante, harina y seres voladores? —Al preguntarme sentí un entusiasmo. Dejó pasar un corto silencio—, y no inventes por inventar, ni mucho menos lo hagas en otro lugar. Cuando creas tener los elementos para hacer una historia, míralos representados en el paisaje en el cual te inspiraste para llegar a ellos. Ubica donde está el árbol, la tierra, el cerro, las nubes. Trata de ver relaciones, disposiciones espaciales, su peso en el paisaje, y que eso te de un primer atisbo a lo que puede ser tu historia —se quedó observándome, quizá tratando de ver si entendía, o esperando alguna pregunta. Prosiguió—. Es normal que quieras enriquecer la historia, y es cuando haces la segunda ronda de observación, aplicándote aun mas en el paisaje, queriendo descubrir cosas que no viste la primera vez. Son en estas consecutivas rondas de concentración donde vas entrando a terreno desconocido. Más adelante quizá también le des un atributo a lo que descubras ahí pero ¿ya que importa hablar de eso si ya lo sentiste?

Una cuidadosa lectura del espacio (1ra parte)

viernes, 16 de julio de 2010



—Hoy es buen día, mira que soleado está, todo muy bonito.


Estábamos en la parte alta de un cerro observando otros muy cercanos, verdes, muy iluminados por el sol. El efecto era aun mayor porque en el horizonte aun había nubes gordas y grises. Los brillantes cerros, recortados contra aquel fondo gris oscuro, los hacía sobresalir más. Observé el paisaje en un largo silencio, tratando de absorber todavía un “no sé qué” y del cual él hablaría ese día. Aguardé impaciente.


—¿has podido ver?—preguntó—,recuerda todo lo que platicamos la ultima vez, ¿te acuerdas? todo está amarrado, es una sola pieza.


En ese momento se quedo fijamente mirándome, como tratando de dar a entender con la mirada que era algo muy importante lo que había dicho. A pesar de que era penetrante, su mirada era fácil de ver. Su mirada siempre complementaba sus palabras.


Fue cuando supe perfectamente porque habíamos subido hasta tener una vista amplia y espectacular. Me llevó ahí para practicar un ejercicio que apenas entendía. Lo que había dicho días atrás era sobre como la luz del sol la podemos aprovechar como una especie de ventana a través de la cual podemos ver una cotidianidad que normalmente no percibimos. Esto implicaba estar consiente de como el sol ilumina todo lo que nos rodea, percibir las sensaciones resultantes y engancharte a estas con nuestra atención. Una vez hecho esto, lo que restaba eran largos procesos de observación, que al mismo tiempo eran procesos de aprendizaje.


El proceso era aparentemente sencillo: observar como el entorno exterior era iluminado por la luz del sol. Si en un principio era difícil, la percepción se facilitaba si se observaban objetos lejanos y bien iluminados. Por algún motivo la distancia agregaba atributos adicionales a lo observado que hacía más fácil el ejercicio. Si al contrario, lo observado estuviera muy cercano, digamos unas decenas de metros o menos, su sugerencia era siempre la misma:


—Agárrate de los arboles. Igual también puede ser una planta, pero de preferencia un árbol, entre mas hojas mejor. Si la forma en que interactúa con la luz es música, escucharías un concierto a todo volumen.


Al decir “agárrate” significaba igualmente observar, pero usaba esta palabra en el sentido de que una vez empezando a observar un árbol, era fácil “no dejar ir” la experiencia. Y era verdad. Hasta este momento en que he realizado el ejercicio, no hay relación más estrecha que he percibido que la vegetación con el sol. Aunque intelectualmente es perfectamente entendible que no hay vegetación si no hay luz, no he entendido esto de manera tan directa como lo es cuando se observa como la luz de sol y las hojas se entrelazan. Si la vegetación estaba cerca, miraba como la disposición de las hojas obedecía a algún mandato de la luz, si la vegetación era lejana, miraba más allá del árbol y el sol para percibir una actividad en todo el entorno. Percibir esto me hizo preguntar si otras personas ya hubieran descubierto esta forma de ver y se hubieran apoyada en ella para estimular su inteligencia la cual finalmente hubiera llegado a importantes descubrimientos científicos.


Quizá porque no me concentraba, volvió a hablar.


—Mira hacia donde puedas abarcar mas, entre mas abarques del paisaje lejano de un solo vistazo mas fuerte vas a percibir. Cuando lo logres, ve todo como una sola pieza, todo amarrado. Que no te distraiga de esto el pensar que el sol está lejísimos y que el cielo azul y las nubes son inalcanzables. Ve todo al mismo tiempo, y si no puedes porque el sol esté detrás y el paisaje enfrente, debes de estar consciente sobre la ubicación de la cosas. Recuerda que lo más importante es que al mismo tiempo que observas el paisaje, puedas ver en el conjunto la ubicación del sol. No veas los cerros, luego el suelo, luego los cerros, y enseguida las nubes. Ve todo en un solo conjunto, como si estuvieras viendo una gran maqueta, en la cual al mismo tiempo estas adentro pero igual la puedes ver completa.


Después de estar por un tiempo sentado a su lado, observando y asimilando, procedí a hablar.


—Cada vez que veo, lo que siento es…


—No, no, no—me interrumpió amablemente pero con urgencia—no lo digas.


Le dio tal importancia a sus palabras que callé esperando una explicación.


—Presta mucha atención a lo que adentro sientes por consecuencia del ejercicio, y así quédate, escúchalo. Has eso primero, luego si quieres habla.


Atendiendo a sus palabras, sentí que esa observación no era tan importante como la experiencia que acababa de pasar, y eso cerró todo deseo, por lo menos en ese momento, de querer hablar de ella. Casi inmediatamente, toda posibilidad de querer hablar se disipó sin rastro, y tan contundente fue que me pregunté si alguna vez tuviera importancia hacerlo. Mejor quedé callado.

Aprendiendo a mirar.