viernes, 16 de julio de 2010

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Mas que una pirámide.


El cielo estaba nublado y mi nariz llena de la humedad y el olor del paisaje. A lo lejos, los cerros tan diferentes a los existentes más al norte. Iguales pero diferentes. Iguales en que a simple vista pueden ser observados como accidentes topográficos, producto de dinámicas de la tierra, pero diferentes al verlos con la luz del sol. Ese era nuestro tema de conversación en ese día nublado, mientras caminábamos hacia la pirámide de Teopanzolco.

—¿Cómo ves aquellos cerros?—me preguntó. Sabía perfectamente que para él no eran cerros—.Trata de ver con la luz que hay, aunque no sea la del sol.

Ya llevaba tiempo practicando “ver” con la luz del sol, una forma totalmente diferente de observar el entorno. Empecé viendo como las superficies de cualquier cosa, como las paredes de los edificios, reflejaban la luz, siempre viendo la luz rebotada en el aire. —Ve la luz rebotada, concéntrate, en el aire hay luz, ve la luz que reflejan los objetos. Ve la superficie como se ilumina con la luz del sol, y trata de ver la manera en que ese objeto tiene la manera de rebotar la luz, entiende como cada objeto la rebota a su manera—. Hacia énfasis en el entender, tanto en la intención de hacerlo como en lo que resultaba del mismo.—Ya que estas viendo la luz, ¿Cómo percibes al objeto que la está rebotando?—, me preguntaba, y sentía la respuesta.

Voltee la mirada hacia los cerros, y “vi” que habían cumplido una función en el pasado, que seguían alertas, pero ahora estaban algo desgastados por el tiempo, reposados por haber protagonizado un deber. También, al verlos en su conjunto iluminados por la misma luz, percibí que su acomodo en el valle ocurría por algo mas allá que por accidente. Me pregunté cual sería su futuro, los volví a ver con la luz circundante, pero esta vez no obtuve respuesta. —Seguramente ya habrás visto, que sin la luz del sol predominan en los cerros meramente la fuerza de la tierra. Mientras no incida sobre ellos esa luz, la fuerza de la tierra se apodera del cerro poco a poco, y se manifiesta en su humedad, en la vegetación, en todo-.

—Vas a ver como reconoce la luz esta estructura—.Habíamos llegado por fin a la pirámide. Nunca había escuchado decirle que un edificio reconociera a la luz del sol, dándome a entender que el edificio que teníamos enfrente había sido hecho especialmente para eso.

Velo bien, ¿Qué ves?—.Ahora, al recordar cuando lo vi con el cielo nublado y con la luz del sol sobre el mismo después, la estructura en la primera condición se percibía apagada. Claro, existía con toda su monumentalidad, pero apagada. Esto no lo percibí hasta que el cielo se despejó y el juego de luz y sombra se presentaron en el lugar. Inmediatamente, la luz me hizo ver los planos inclinados, ¿Qué mejor manera de reflejar la luz del sol que con planos inclinados? Inmediatamente recordé muros verticales de tantos edificios con los cuales vi la luz reflejada, y al contrastarlos con el que tenía enfrente, por primera vez vi un edificio que reflejaba la luz como nunca, y es que el plano inclinado no solo reflejaba la luz que emitia el sol, sino que también lo estaba mirando.

—No te dejes ir solo por la palabra “pirámide”. Te puede limitar tu percepción de lo que estás observando. Claro, si simplificas la forma, es una pirámide, pero como claramente puedes ver, tiene mucho más que cuatro lados inclinados—.Tal como lo dijo, era un juego de escalinatas, muros y tableros que conformaban volumetrías con las cuales se formaban diversas líneas inclinadas de luz-sombra y que en ese momento quise ver su relación con los planos inclinados, pero no pude.

Y así, como se despejó el cielo por unos momentos, así de nuevo se nubló, la estructura de nuevo se opacó, y el sol no se volvió a asomar.

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